Cada vez que reviso el buzón del correo temo encontrarme con una sorpresa nada grata que ya he recibido en más de una ocasión: una factura médica que no esperaba. Algo similar a lo que le ocurre a más de la mitad de los estadounidenses que han recibido facturas sorpresa, según un estudio realizado por la Universidad de Chicago en 2018.

Fue exactamente lo que me ocurrió aquel lunes de septiembre cuando, ya recuperada por completo de un largo postoperatorio por una cirugía ocular, un sobre llegó con una mala, muy mala, noticia: el anestesiólogo exigía el pago de 1,670 dólares que no cubría el seguro ya que este no formaba parte de su red. Y no estaba viendo mal: no eran 16 o 160, sino 1,670 dólares los adeudados.

¿Cómo era posible? Ya conociendo mucho sobre las perversiones de sistema de salud estadounidense y habiendo sufrido malas -pero aleccionadoras- experiencias en el pasado, hice mi tarea antes de aquella cirugía programada justamente para evitar sustos como este que representaba un fuerte golpe al presupuesto familiar.

Como yo, 67% de las personas en EEUU se preocupan de no poder costear una factura médica sorpresa, revela una encuesta realizada por la Fundación Kaiser Family en 2018.

Creí que estaba protegida. Había esperado hasta alcanzar mi deducible de 2,500 dólares para someterme a la cirugía, monto a que llegamos con del nacimiento de mi tercera bebé. Y aunque se suponía que ya con eso debía estar blindada, hice lo que uno siempre debe hacer antes de un procedimiento médico que no constituya una emergencia: preguntar, preguntar y preguntar.

El problema es que nadie se atreve a responder sin titubeos a la pregunta de cuánto costará un proceso médico. Algo particularmente absurdo para quienes hemos vivido en otros países y estamos acostumbrados a recibir un presupuesto detallado y claro.

Lo primero que me advirtió la secretaria de la oficina del oftalmólogo era que ella no tendría idea de cuánto sería el monto estimado hasta 10 días antes de la operación cuando finalmente podría verificar con el seguro y únicamente en lo correspondiente a los honorarios del médico, no del centro ambulatorio donde me atendería, ni del anestesiólogo.

Tenía entonces que básicamente agendar la cirugía dando un salto de fe en el que no sabría bien cuánto tendría que pagar. Y lo di. Mi sentido común indicaba que ya alcanzado el deducible no debería haber problemas. Igual quise pecar de precavida y llamé a la aseguradora para confirmar que la operación de estrabismo estuviera cubierta bajo la póliza -y lo estaba-. Por suerte, era ambulatoria.

Llamé entonces al centro donde me operarían para tener garantías de que estuviera dentro de la red de proveedores del seguro (“in network”). Y también lo estaba.

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